Panchakarma: mi experiencia personal

Poner en palabras lo que he vivido me hace revivir toda la experiencia de nuevo.

Antes de viajar a Madeira decidí llevarme mi libreta con un objetivo: escribir un pequeño diario de Panchakarma durante mi estancia. Quería recordar mis días, cómo me sentía en cada momento y observar qué iba sucediendo en mi cuerpo y en mi mente a medida que avanzaban los tratamientos, la alimentación y los días.

Estoy muy agradecida por estos diez días en Ashoka Ayurveda Center, en Madeira. Por todo lo que esta experiencia me ha recordado: la importancia de conocernos bien para poder cuidarnos, respetando los ritmos, las necesidades y las pausas que nuestro cuerpo y nuestra mente nos piden.

Esta entrada no pretende explicar qué es un Panchakarma ni hablar de él desde un punto de vista terapéutico. Quiero compartir con vosotros mi experiencia personal: cómo fue vivirlo desde dentro, qué sentí y viví durante estos días, qué me costó y qué me llevo, a día de hoy, de esta experiencia.

Creo que es muy importante establecer un objetivo principal en el momento en que decides hacer un Panchakarma o incluso una cura ayurvédica del tipo que sea: Rasayana, Langhana o Shamana.

En mi caso fue bastante claro. No quería hacer el proceso simplemente porque sí, sino saber qué me llevaba hasta allí y qué esperaba encontrar.

Después de los últimos años y de las diferentes intervenciones que había vivido a raíz de un tumor, sentía la necesidad de dedicar un tiempo a cuidar de mí, recuperar fuerzas y acompañar a mi cuerpo.

Además, estoy en un momento de mi vida en el que quiero prepararme para concebir, y sentía que este espacio podía ser una oportunidad para parar, escucharme y cuidar de mi organismo.

Así que el viaje no empezó justo cuando llegué a Madeira. Comenzó semanas antes.

Llevé a cabo una preparación de casi tres semanas, durante las cuales modifiqué un poco mi alimentación —priorizando comidas cocinadas y fáciles de digerir, según Ayurveda— y también mi rutina, integrando el automasaje con aceite de sésamo (Abhyanga) y los enjuagues bucales con aceite (Gandusha).

De esta forma, podía conseguir más calma y regularidad en mi día a día y preparar el organismo para el Panchakarma.

Y, con solo estos pequeños cambios, empecé a notar cómo algo estaba cambiando. Me sentía menos hinchada y un poco más calmada.

Llegué a Madeira con una sensación extraña: sabía a lo que iba. Al mismo tiempo, sentía mucha curiosidad por descubrir cómo sería el centro, su ambiente, la comida y, sobre todo, cómo respondería mi cuerpo a los diferentes tratamientos.

Estaba muy ilusionada por poder vivir, por fin, un Panchakarma y tener unos días dedicados únicamente a mí.

Los primeros días fueron de adaptación a una nueva rutina, completamente diferente a la que tenía en casa.

Los días empezaban muy pronto, siempre con una clase de yoga a las 6:30 h. Antes del desayuno tenía un check-up con la doctora ayurvédica para revisar cómo me encontraba, cómo había dormido, cómo estaba mi cuerpo y qué necesitaba en ese momento.

Después llegaban los tratamientos. Tenía uno por la mañana y otro después de comer, por la tarde. Los terapeutas te llamaban al teléfono de la habitación, así que no tenías que estar pendiente del reloj. Poco a poco, la noción del tiempo desaparecía.

Y creo que eso era parte de la experiencia.

No tener que pensar qué hora era.
No tener que decidir qué hacer después.
No tener que correr a ningún sitio.

Simplemente estar allí.

Al principio me sentía más cansada y pesada. Mi cuerpo estaba reaccionando a los tratamientos y a una alimentación más ligera.

De poder llegar fácilmente a los pies durante la práctica de yoga y hacer cómodamente el perro boca abajo, pasé a sentir mucha más rigidez. No solo en la zona lumbar. También en las cervicales. La cabeza me pesaba y solo quería —y necesitaba— descansar.

Durante esos primeros días tampoco tenía muchas ganas de socializar.
Quería tranquilidad.
Espacio.
Silencio.

Y una de las cosas que más me gustó de la estancia fue precisamente poder elegir. Podías comer sola en la terraza, en silencio, o compartir mesa y conversación si te apetecía.

“Hoy al mediodía se sentó una mujer en la misma mesa que yo. Me di cuenta de que en ese momento necesitaba estar sola. Estaba irritable, no quería conversar.”

Creo que también fue una de las primeras cosas que empecé a aprender: escuchar lo que necesitaba en cada momento, sin forzarme.

Los últimos días de la toma de ghee fueron intensos.

No solo por los tratamientos corporales, sino también por lo que estaba experimentando en mi cuerpo: rigidez, mareos, sueños inquietos, cansancio, no poder ir de vientre… Era una etapa en la que sentía que mi cuerpo estaba pasando por muchas cosas y yo solo podía acompañarlo.

El séptimo día llegó el gran momento: Virechana.

No tuve tratamientos ese día, ya que el tratamiento fue la limpieza en sí. Pasé la mañana sin desayuno, del baño a la butaca y al mediodía tomé únicamente una sopa de arroz. Más tarde, para cenar, otra sopa de verduras.

Fue un proceso que duró toda la mañana y tuve sensaciones encontradas.

“Mi mente quería ir más deprisa que mi cuerpo, mis emociones.”

Seguía siendo lo mismo: cansancio y pocas ganas de estar con gente. Estaba algo frustrada por no saber si había sido suficiente y me hacía una pregunta: ¿Será solo una limpieza física o también emocional?

Lo único que sí quería era salir de mi habitación y dar unos pasos.

Después de toda la preparación con el ghee y el Virechana, algo empezó a sentirse diferente. Los últimos días estuvieron marcados por una mayor ligereza y movilidad. Recuperé el apetito y, en general, me sentía mucho mejor.

También cambió mi manera de vivir los tratamientos. Al principio me costaba desconectar. Estaba cansada, tensa y mi cabeza seguía funcionando.

Ahora podía simplemente estar.
Disfrutar del momento.
Sentir mi cuerpo.
No hacer nada más.

Las clases de meditación también comenzaron a sentirse diferentes. Pude experimentar momentos de mucha más quietud y calma.
Y entonces ocurrió algo que no esperaba.

Y poco a poco empecé a sentir que algo había cambiado.

“Esta mañana, al contestar algunos mensajes de casa, me invadió una nostalgia y una sensación de echar de menos. Estaba echando de menos a mi pareja y mi hogar.

No sé muy bien cuál fue la razón, pero cayeron lágrimas y llegó un llanto más profundo, de soltar y poder dejar salir un nudo, una presión que llevaba tiempo aguantando.

¡Fue liberador!”

No sé si fue el momento, el cansancio, todo lo que había vivido durante esos días o simplemente que por fin había creado un espacio para sentir.

No necesito encontrar una explicación.
Simplemente pasó.
Y pude dejarlo salir.

Si algo me ha enseñado esta experiencia es que no siempre tenemos que hacer más.

A veces necesitamos parar.
Escuchar.
Descansar.
Dejar que el cuerpo marque el ritmo.

Durante estos diez días aprendí a observarme de una manera diferente. A reconocer cuándo necesitaba estar sola, cuándo necesitaba descansar y cuándo simplemente necesitaba dejarme sentir.

También aprendí que no siempre puedo ir al ritmo que marca mi mente.
Mi cuerpo tiene sus propios tiempos.
Y necesita que los respete.

“¡Hay que ser compasivo con uno mismo!

Hay que respetar el cuerpo de uno y conocer sus límites. Si nosotros no nos cuidamos y no somos compasivos con nosotros mismos, ¿quién lo será por nosotros?”

Me quedo especialmente con esa idea: la compasión hacia uno mismo.

Vivimos rodeados de estímulos, noticias, problemas y sufrimiento. Es muy fácil dejar que nuestra atención se quede atrapada en todo aquello que no está bien.

Pero también podemos elegir dónde ponemos nuestra mirada.
Podemos prestar atención a las personas que queremos, a lo que sí tenemos, a los pequeños momentos de calma y a todo aquello que nos sostiene.

La paz y la tranquilidad no siempre están fuera. Podemos inspirarnos en las personas que viven desde ese lugar y buscar espacios que nos ayuden a conectar con él, pero al final somos nosotros quienes tenemos que aprender a encontrar esa calma dentro de nosotros mismos.

Quizás por eso, más que una experiencia de diez días, siento que este Panchakarma fue una invitación a seguir escuchándome.

A respetar mis ritmos.
A parar cuando lo necesito.
Y a recordar que cuidarme también significa tratarme con compasión.

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