Panchakarma desde la mirada de una terapeuta ayurveda

Después de compartir mi experiencia personal haciendo un Panchakarma, me apetecía escribir una segunda parte desde un lugar diferente.

En la primera entrada os contaba cómo lo viví: los cambios en mi cuerpo, el cansancio, las emociones, los momentos de resistencia y también esa sensación de ligereza y calma que apareció hacia el final del proceso.

Pero vivir un Panchakarma como paciente también me permitió observarlo desde otro lugar: el de terapeuta ayurveda.

Y quizá esta ha sido una de las partes más interesantes de la experiencia. Porque cuando acompañamos a otras personas en sus procesos, estudiamos los tratamientos, aprendemos sus indicaciones y entendemos la importancia de preparar el cuerpo antes de realizar determinados procedimientos.

Pero una cosa es conocerlo desde la teoría y otra muy diferente es vivirlo en primera persona.

Cuando hablamos de Panchakarma, muchas veces aparece asociado a la idea de “limpieza” o “detox”. Sin embargo, desde la perspectiva del Ayurveda, reducirlo únicamente a una limpieza del organismo se queda corto.

El Panchakarma es un proceso terapéutico estructurado, cuyo objetivo y procedimientos se adaptan a la persona, a su estado y al momento en el que se encuentra. No todas las personas necesitan un Panchakarma. Y tampoco todas las personas que realizan un Panchakarma necesitan exactamente los mismos tratamientos.

Esta experiencia me ha hecho recordar con mucha más fuerza algo que, como terapeuta, ya sabía desde la teoría: en Ayurveda no debería existir un protocolo exactamente igual para todo el mundo.

El proceso comienza mucho antes del procedimiento principal.

Una de las partes que considero más importantes de un Panchakarma es precisamente la preparación. En mi caso, llegué al centro después de haber hecho unas semanas de preparación en casa, modificando mi alimentación y mi rutina. Pero la preparación continuó durante mi estancia.

Dentro del proceso ayurvédico encontramos fases como Snehana, relacionada con la oleación, y Svedana, relacionada con el uso terapéutico del calor, que forman parte de esta preparación.

En mi caso, la toma de ghee fue una de las experiencias que más me permitió comprender esta fase desde dentro.
Como terapeuta sabía qué estábamos buscando con ella.
Como paciente entendí lo diferente que es saberlo… y sentirlo.

Los cambios digestivos, la sensación de pesadez, el cansancio, los cambios en el apetito y la manera en la que el cuerpo iba respondiendo día tras día hicieron que dejara de entender cada tratamiento como algo aislado.

Empecé a comprender que todo formaba parte de un proceso. Y esto también me ayudó a entender mejor la importancia de no centrarnos únicamente en el momento de la “limpieza”. La preparación es parte del tratamiento.

Durante los primeros días me sentía cansada, pesada y más rígida.
Mi mente, sin embargo, quería ir más deprisa.

Quería entender qué estaba pasando, saber cuándo iba a sentirme mejor, comprobar si el proceso estaba funcionando…
Pero mi cuerpo tenía otro ritmo.

Y vivirlo me permitió comprender algo que, aunque parece muy sencillo cuando lo explicamos a nuestros pacientes, cambia completamente cuando eres tú quien tiene que experimentarlo: el cuerpo marca el ritmo, no la mente.

El cuerpo estaba ocupado haciendo algo.
No necesitaba exigirle más.
Necesitaba acompañarlo.

Vivimos en una cultura en la que buscamos resultados rápidos. Queremos empezar algo y notar inmediatamente sus efectos. Pero hay procesos en los que el cuerpo necesita tiempo.

Y como terapeutas, creo que una parte importante de nuestro trabajo es precisamente aprender a respetar ese tiempo.

Acompañar no significa forzar.
Significa observar, escuchar y adaptar.

Otra de las experiencias que más me hizo reflexionar fue comprobar que el proceso no era exactamente como yo esperaba. Toda la preparación para el Virechana fue, en cierto modo, diferente de lo que conocía o imaginaba.

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Los tratamientos no fueron estrictamente como los había estudiado o como yo pensaba que serían. Tuve otro tipo de Svedana e incluso durante los primeros días recibí tratamientos como Udvartana/Garshana, que tienen una acción más secante sobre el cuerpo.

Y, sin embargo, sentí que todo el proceso tenía coherencia.

Esto me pareció muy interesante como terapeuta. Porque podemos tener conocimientos, experiencia y una idea previa de cómo debería desarrollarse un tratamiento, pero la persona que tenemos delante siempre puede necesitar algo diferente.

No tenía que ser exactamente como yo esperaba para ser adecuado para mí.
Al contrario: esa adaptación era precisamente parte del proceso. Y esto me ha hecho reflexionar sobre la diferencia entre seguir un protocolo y acompañar a una persona.

El protocolo puede orientarnos, pero la observación del paciente es la que nos permite decidir cómo continuar.

Durante el Panchakarma también tuve la oportunidad de recibir los mismos tipos de tratamientos que conozco, pero realizados por otros terapeutas.

Y fue muy interesante sentir cómo cambiaba la experiencia.

Cada terapeuta tiene una manera diferente de tocar, de observar, de acompañar y de poner su atención. Cada uno puede enfocarse más en unas partes del cuerpo, en unas sensaciones o en determinados aspectos del tratamiento.

Sin embargo, todos ellos englobaban el cuerpo como un conjunto.

Esto me hizo valorar todavía más la individualidad del terapeuta y, sobre todo, la importancia de no reducir un tratamiento a una serie de maniobras.

Hay algo más.
Está la presencia.
La escucha.
La intención.
La manera de acompañar.

Y también está la persona que recibe el tratamiento, con su estado particular en ese momento. Todo ello forma parte de la experiencia terapéutica.

Quizá a partir de aquí surgió uno de los aprendizajes que más me llevo a mi práctica: menos es más.

A veces podemos pensar que para conseguir resultados profundos necesitamos tratamientos intensos, largos o especialmente elaborados. Pero vivirlos desde el otro lado de la camilla me ha hecho valorar mucho más la sencillez.

Un tratamiento aparentemente sencillo puede generar una respuesta muy profunda. No siempre necesitamos hacer más. A veces necesitamos hacer exactamente lo que corresponde a esa persona, en ese momento.

Y confiar. Confiar en el tratamiento, pero también en la capacidad del cuerpo para responder.

Creo que esta experiencia ha cambiado ligeramente mi manera de mirar los masajes. Los valoro ahora desde un lugar más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo.

Esta experiencia también me permitió comprender de otra manera tratamientos que había realizado muchas veces. Uno de ellos fue Nasya.

Una cosa es realizar Nasya a otra persona y otra completamente diferente es recibirlo una misma.

Cuando eres tú quien está tumbada en la camilla, percibes pequeños detalles que desde fuera pueden pasar desapercibidos. Y una de las cosas que más claramente aprendí fue la importancia de dar tiempo al aceite para que actúe antes de realizar la limpieza.

Como terapeuta puedes conocer la secuencia del tratamiento. Pero cuando lo recibes, entiendes desde el cuerpo por qué los tiempos son importantes. Esta experiencia me recordó que no todo tiene que suceder inmediatamente.

A veces, parte del tratamiento consiste precisamente en esperar.

Hay algo más que me ha enseñado esta experiencia y que quizá parece muy sencillo, pero no siempre lo es: también necesitamos saber recibir.

Los primeros días me costaba muchísimo. Mi mente de terapeuta seguía trabajando. Observaba las maniobras, la presión, el aceite, la postura…
Incluso estando tumbada en la camilla, seguía analizando.

Hasta que poco a poco pude soltar.
Y cuando dejé de intentar entender cada cosa que estaba ocurriendo, pude simplemente sentir.
Pude recibir.

Creo que esta experiencia me ha ayudado a comprender mejor la vulnerabilidad que existe cuando nos ponemos en manos de otra persona. Y quizá también me ayude a acompañar de otra manera a las personas que llegan a mi camilla.

La segunda parte del Panchakarma me resultó especialmente interesante. Después de toda la preparación y del Virechana, el proceso cambia.

Desde el Ayurveda, esta fase no consiste simplemente en “volver a la normalidad”. Existe una etapa de recuperación y de reintroducción progresiva de la alimentación, conocida como Samsarjana Krama, en la que se va dando tiempo al sistema digestivo para recuperar su capacidad.

Y esta idea de recuperación también la experimenté a través de los tratamientos. Sentí que, después de todo el trabajo realizado sobre el cuerpo, los tratamientos de los últimos días tenían un carácter más sutil.

Estaban más orientados hacia la relajación y la mente, no tanto hacia el cuerpo. Fue muy interesante notar el efecto después del tratamiento.

En ocasiones salía con una sensación de relajación profunda y de agotamiento físico. Pero después de descansar, esa sensación se transformaba poco a poco en energía física. Esto me hizo comprender todavía más que el efecto de un tratamiento no siempre termina cuando nos levantamos de la camilla.

El cuerpo necesita tiempo para integrar.
No todo es hacer.
También hay que descansar.
No todo es eliminar.
También hay que nutrir.
No todo es avanzar.
También hay que saber parar.

Si tuviera que resumir todo lo que he aprendido de esta experiencia, diría que mi mayor aprendizaje ha sido escuchar antes de intervenir.

Como terapeutas tenemos conocimientos, herramientas y protocolos que nos ayudan a acompañar. Pero la persona que tenemos delante es la que nos va mostrando qué necesita.

Observar cómo duerme, cómo digiere, cómo está su energía, cómo se siente, cómo responde a un tratamiento… Todo ello forma parte de la valoración.

Y quizá esta sea la diferencia entre aplicar un tratamiento y acompañar terapéuticamente a una persona.

Mi Panchakarma no ha cambiado lo que sabía sobre Ayurveda, pero sí ha cambiado, en algunos aspectos, la manera en la que lo siento y lo comprendo.

Porque una cosa es conocer un tratamiento y otra muy diferente es recibirlo.
Una cosa es estudiar el cuerpo desde fuera y otra es sentirlo desde dentro.

Y creo que para acompañar a otros también necesitamos recordar lo que significa ser acompañados.

Necesitamos aprender a observar sin juzgar, a adaptar sin imponer y a respetar los ritmos de cada persona. Y, sobre todo, recordar que no siempre tenemos que hacer más para conseguir más.

A veces, el verdadero trabajo terapéutico está en saber cuándo actuar,
cuándo esperar y
cuándo simplemente acompañar.

Esta es, quizás, una de las enseñanzas más importantes que me llevo de mi Panchakarma como terapeuta: escuchar, respetar y confiar en el proceso.

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