Esta entrada la quería escribir para inicios de septiembre, pero finalmente será para el final de este mes. Y, pensándolo bien, quizá tenga aún más sentido así. Porque a veces el tiempo nos sobrepasa, tenemos que priorizar trabajos, procesos y estados anímicos, y no siempre llegamos a todo cuando nos habíamos propuesto.
Para mí, septiembre siempre ha sido un mes un poco estresante, con esa energía de «la vuelta a la rutina». Durante mucho tiempo no entendía por qué llegaba septiembre y, de repente, iba acelerada, agobiada y con la sensación de no llegar a todo lo que quería hacer.

Estos últimos años estoy aprendiendo a vivir este mes de transición de otra manera. A observar lo que sucede, tanto fuera como dentro de mí, y a no exigir que todo vuelva a estar en orden de un día para otro.
Y es justo por ello que me gustaría compartir con vosotros algunos consejos que me ayudan a vivir esta época con un poco menos de agobio y más presencia y arraigo.
¿Por qué nos aceleramos?
El verano aún está muy presente aquí donde vivo, en Mallorca. Sin embargo, ya se pueden empezar a percibir pequeños cambios: los días se acortan, las temperaturas comienzan poco a poco a bajar —aunque todavía tengamos días muy calurosos— y aparecen más viento, cambios de tiempo y noches algo más frescas.

Desde la mirada del Ayurveda, nos encontramos en una transición entre el verano y el otoño. Pasamos progresiva-mente de una época asociada a pitta, vinculada al calor y la intensidad, hacia una estación en la que comienza a predominar vata, relacionado con el movimiento, la ligereza, la irregularidad y la sequedad.
Vata es el principio del movimiento. Es el aire que cambia, el viento en movimiento, lo que no permanece quieto. Y aunque esta energía puede ser creativa, ligera y estimulante, cuando aumenta demasiado puede sentirse también como dispersión, inquietud o dificultad para parar.
Quizá por eso, para mí, septiembre siempre ha tenido algo de contradictorio: por un lado, la sensación de empezar de nuevo; por otro, la necesidad de volver a encontrar un ritmo después del verano.
La propuesta no es intentar controlar todo lo que sucede, sino crear pequeñas anclas que nos ayuden a atravesar el cambio.
1. Apostar por comidas nutritivas, calientes y sencillas
Cuando todo a nuestro alrededor parece acelerarse, puede ser interesante hacer lo contrario con nuestra alimentación: buscar más calma, regularidad y sencillez.
En esta época me gusta incorporar progresivamente comidas más templadas y reconfortantes: cremas de verduras, sopas, verduras cocinadas, arroces, guisos suaves o cereales bien cocidos. No hace falta hacer grandes cambios ni seguir unas reglas estrictas; simplemente observar qué nos sienta bien y qué nos ayuda a sentirnos nutridos.
También intento mantener horarios de comida relativamente regulares. Para mí, comer sentada, sin prisas y con atención es casi tan importante como lo que hay en el plato.

A veces pensamos que cuidarnos implica añadir más cosas a nuestra rutina, cuando también puede significar hacer algunas cosas más despacio.
2. Crear pequeñas rutinas que te sostengan
Cuando hay mucho movimiento externo, las rutinas pueden convertirse en pequeños puntos de apoyo. No tienen que ser rutinas perfectas ni ocupar mucho tiempo. De hecho, cuanto más sencillas, mejor.
En mi caso, algunas de las que más me ayudan son tomar un vaso de agua caliente por la mañana, dedicar unos minutos a escribir en mi diario o hacerme un pequeño masaje en los pies por la noche.
Son gestos muy sencillos, pero repetidos en el tiempo generan una sensación de continuidad. Me recuerdan que, aunque el día haya sido caótico, hay algunas cosas que puedo mantener.
Y creo que esta es una de las claves: no buscar rutinas que nos llenen todavía más la agenda, sino rutinas que nos ayuden a sostenernos dentro de ella.
3. Volver al cuerpo: movimiento y respiración
Cuando hay mucho movimiento a nuestro alrededor, es fácil que nuestra mente también se acelere. Pensamientos que se acumulan, tareas pendientes, cambios de planes, estímulos constantes… y, sin darnos cuenta, podemos acabar viviendo el día casi por completo desde la cabeza.
En esos momentos, volver al cuerpo puede ser una manera sencilla de recuperar un poco de equilibrio. No necesariamente a través de una práctica intensa o de hacer más ejercicio. A veces puede ser simplemente salir a caminar, estirar unos minutos, hacer una práctica suave de yoga o mover el cuerpo de una manera que nos permita volver a sentirlo.

Y junto al movimiento, la respiración puede ser una gran aliada. Cuando noto que estoy entrando en una vorágine de pensamientos o que hay demasiado caos en el exterior, parar unos minutos y llevar la atención a la respiración me ayuda a volver al momento presente. Sentir cómo entra y sale el aire, notar el movimiento del abdomen o del pecho y observar la respiración sin necesidad de cambiarla puede convertirse en una pequeña pausa dentro del día.
No se trata de hacerlo perfecto ni de conseguir que la mente se quede en blanco. Simplemente, de recordar que también podemos habitar el cuerpo cuando la mente va demasiado rápido.
4. Sacar las tareas de la cabeza
Una de las cosas que más me ayuda cuando siento que tengo demasiadas cosas pendientes es ponerlas por escrito. Hacer una lista puede parecer algo muy sencillo, pero cuando tenemos muchas tareas dando vueltas en la cabeza, escribirlas nos permite verlas desde otra perspectiva.
A veces hago una lista general de todo lo que tengo pendiente y después la organizo según su prioridad. Incluso me gusta distinguir entre aquello que es urgente, aquello que es importante y aquello que puede esperar.
Porque no todo tiene que hacerse hoy.

Esta parte ha sido un aprendizaje importante para mí: organizarme no significa conseguir hacerlo todo, sino decidir conscientemente qué merece mi energía en este momento.
Y, sobre todo, recordar que nuestra capacidad también cambia. Hay días en los que podemos hacer mucho y otros en los que necesitamos bajar el ritmo. Ambas cosas forman parte de la vida.
Y, sobre todo, no olvidarte de ti
Quizá este sea el consejo más importante de todos. En esta época es fácil llenar la agenda de trabajo, compromisos, proyectos y cosas pendientes y dejar para «cuando tenga tiempo» aquello que nos hace bien.
Pero ese momento muchas veces no llega.
Por eso intento reservar pequeños espacios para mí incluso cuando siento que tengo muchas cosas que hacer. Leer unas páginas, tomar un café tranquilamente, caminar sin un objetivo concreto, escribir, estar en silencio, quedar con alguien que quiero o simplemente no hacer nada.
No siempre tiene que ser algo productivo. No tiene que servir para mejorar, avanzar o conseguir algo. A veces, parar también es una forma de cuidarnos.
Volver a nuestro propio ritmo
Quizá septiembre no tenga que significar volver a correr.
Podemos volver a nuestras rutinas de una manera más consciente, dejando espacio para adaptarnos poco a poco al cambio de estación y a todo lo que este momento nos está pidiendo.

Para mí, este año la invitación es precisamente esa:
Menos prisa y más presencia.
Menos exigencia y más escucha.
Menos necesidad de llegar a todo y más atención a lo que realmente importa.
El cambio de estación no ocurre de un día para otro. Y nosotros tampoco tenemos por qué hacerlo. Podemos permitirnos transitarlo poco a poco, creando pequeñas rutinas que nos den estabilidad, alimentándonos de una manera que nos nutra, moviendo el cuerpo desde la escucha y dejando espacio para respirar.
Quizá sentirse arraigada no significa que todo esté en calma.
Quizá significa tener pequeños lugares a los que volver cuando todo lo demás se mueve.
